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Pies muy cachondos

Llegué al edificio harto conocido. Toqué el timbre del departamento donde iba por los pies más dóciles, hábiles y profesionales que alguna vez me habían cogido. Los de mi amiga Gina.

Era mi cumpleaños, y pensaba regalarme con los pies, bonitos, tentadores, siempre dispuestos de mi propia profesional del sexo. Así es le como gusta que la llamen. No soy puta, prostituta ni ramera, dice. Soy una profesional del sexo, mi tarea es darle placer a los hombres como me lo pidan, para eso estudio, practico y me perfecciono. Y vaya si es así, sabe hacer de todo y como se lo pidan, con una muy selecta clientela, entre la que hay dos o tres mujeres además. Hasta un matrimonio de mediana edad, donde él coge y ella saca fotos. Le pagan muy bien. Se cotiza muy bien. Tiene 34 años y es muy elegante, en la calle no la diferencias de otra elegante mujer que ande de compras.

Yo la conocí hace tres años, nos caímos bien de inmediato, yo buscaba sus pies. No me defraudó, lindos pies, no los más perfectos, pero muy atractivos. Bien cuidados, de dedos de longitud justa para abrazar la cabeza de mi miembro, tamaño de pie descalzo como para chupar todos los deditos juntos. Uñas, las uñas, perfectas, de tamaño conforme al pie, siempre barnizadas, de rojo cuando voy yo, aunque me sorprendió sin laca, celeste, negro y de color blanco con brillitos. Piel suave, si durezas, bien cuidada, olor a piel de pies, talones redondeados y tobillos delgados, armonizando con una excelentes pantorrilas y unos muy lindos muslos. Cintura delgada, pechos generosos pero no exagerados, carita dulce, pero de rasgos firmes y decididos, algunas marcas de sufrimiento, pero casi imperceptibles. Manos con uñas no muy largas, no uñas de actriz porno, que de tan largas incómodas, sino uñas largas de mujer trabajadora pero ocupada de su cuerpo.

Le caí tan bien, que de cliente fijo y fiel pasé a confidente, amigo y paño de lágrimas. No somos pareja, nuestra relación está bien así. Es justa. Nunca me besó ni yo a ella, sólo le hice el amor muchas veces. Bah, unas muy buenas cogidas para sacarse las ganas, aunque yo diría cogidas porfesionales. Nunca llega al orgasmo con los clientes. Sale y coge con quien le gusta, pero yo la hago gozar especialmente, se saca las ganas por semanas enteras con una sola cogida, hago lo que me pide, y cómo ella lo quiere. Eso la satisface mucho, al máximo. Es como si yo fuera un profesional del sexo que le da lo que va a buscar. Yo nunca termino dentro suyo, no puedo, ni lo haría, sólo puedo con los pies. Hasta me ha llamado para que le saque las ganas. Se concentra en su orgasmo y se desentiende de mí. Relación profesional le llama ella. Yo acuerdo. Lo que ella hace con sus pies en mi cuerpo es perfecto y muy profesional también. La quiero mucho, además, es una excelente amiga, da consejos, escucha y nada la asombra.

Con esas ideas en la mente es que fui a festejar mi cumpleaños con ella. Una, pasarla bien con un autoregalo de pies hábiles, lo otro cenar juntos, tomar unas copas y cantar el cumpleaños feliz en voz baja.

Previamente llamé por teléfono para verificar si estaba. Era la tarde de un lunes, su día de descanso. El día antes me felicitó por mi cumple, me dijo que me esperaba, mis cumpleaaños siempre los festejaba con ella, y viceversa.

Llegué al piso y me franqueó la entrada, me besó en la mejilla y me deseó un feliz cumpleaños. Me hizo sentar en la sala y me dijo que tenía que buscar mi regalo, personal de ella para mí. Regresó del dormitorio con una caja donde había una muy delicada y cara camisa de mi talla.

Volvió al dormitorio y me dijo que la siguiera, que tenía algo más. Supuse regalo con sus pies, estaba de sandalias de taco muy bajito, con los primorosos deditos asomando con las delicadas uñas pintadas de rojo sangre.

Entré y estaba a oscuras, me hizo tender en el suelo, frente a la cama y me vendó los ojos. Me desnudó personalmente, y me rozó con la punta de uno de sus pies los testículos, como para aumentar la erección ya iniciada.

Encendió la música y los acordes de un sensual blues llenaron la estancia. Subió el volumen, pero percibí algo más, como un rumor de algo moviéndose. Sentí que se acomodaba a mi lado sentándose en una silla, supuse, pero también sentí algo moverse sobre la cama. De pronto un pie descalzo se apoyó en mi pecho, y su compañero sobre el estómago, pero rápidamente, otro y otro, y otro más, hasta que perdí la cuenta, plantas de pies se fueron asentando sobre mi cuerpo desnudo. Unos deditos de pie descalzo me sacaron la venda de los ojos y lo que ví no lo podía creer, alcancé a contar siete mujeres sentadas a mi alrededor, con sus pies descalzos apoyados en distintas partes de mi cuerpo. Todas sonreían y me cantaban suavecito el cumpleaños feliz, mi amiga estaba detrás de mi cabeza, y fue su pie el que me quitó la venda.

Cuando terminaron de cantar, los pies de mi sorprendente amiga se posaron en mi cara. Sus talones suaves apoyados en mi frente, sus arcos dando cuna y lugar a mi nariz, el nacimiento de sus deditos en mis labios, y sus dulces dedos en mi mentón, como tocando el piano. A esa señal, los demás pies, los otros doce, comenzaron un sabio y ya ensayado trabajo. Suavemente acariciaron mi torso, mis piernas mis manos, mi vientre, mis muslos, pero niguno de ellos tocó mi enhiesto miembro, se acercaban al vello púbico, lo tomaban con los deditos, tironeaban cariñosamente un poco, pero nada más. Gina colocó los piececitos a ambos lados de mi cara, sobre las orejas, y sus deditos tocaban suavemente mi cuello. Una impresionante morocha de piel trigueña, metió sus dedos en mi boca, mientras con el otro portentoso pie me acariciaba la frente con la planta. El masaje continuó con el agregado del salado aunque suave sabor de los deditos de la morocha. En un momento sentí todos los pies, salvo los de la morocha y los de mi amiga acercándose muy suavemente a mi miembro, hasta que Gina colocó un espejo sobre mi, y con el ángulo adecuado vi veinte deditos deslizándose suavemente por mi vientre, cadera y muslos hacia mi verga desesperada. La calentura era como fiebre, más porque ya llevaba como una eternidad, sólo quince minutos de masajes y tocaditas únicamente en el cuerpo. Mi verga necesitaba desesperadamente el contacto de un pie femenino. Y llegó el momento, desde los cuatro puntos cardinales, los deditos deslizantes me tocaron la base del miembro. Gina me acariciaba los hombros con ambos pies, la morocha metía sus deditos en mi boca mientras que con el otro pie me acariciaba la cabeza.

Y sucedió lo anhelado, incontables deditos en mi deseperada verga, era tal la marea de sensaciones que sentía y tantos pies tocaban mi miembro que sentía como un baño de piel de pies que me rodeaba, sin tener noción de cuál era cual. Incontables deditos, decía me acariciaron el miembro desde abajo hasta arriba, muy suavemente y por incontables minutos.

La sensación era indescriptible, diez pies de mujer me acariciaban el miembro desde todas las direcciones, hasta que después de un piempo larguísimo en el que me llevaban sabiamente al borde y me dejaban volver, todo se organizó para probar todos los pies. Sentí que cuatro plantas, una de cada punto cardinal se apoyaban sobre mi verga sin moverse, pero sentía la presión de los deditos en la cabeza, las plantas en el tronco y los deliciosos talones en la base. El otro pie de las cuatro mujeres se apoyó en mi cuerpo. La morocha retiró sus pies de mi cara y boca y una rubia menudita de piececitos de muñeca, perfumados con el perfume de Gina ocupó su lugar y me dió a comer los más pequeños, delicados y graciosos deditos que alguna vez probé, los saboreé con pasión de gourmet. Eran pequeñitos, por lo que no tuve dificultad en chuparle varios deditos de ambos pies a la vez. ¡Que sabrosos y suaves que eran!

La rubita se retiró y cedió su lugar a una joven delgada y muy alta, con pies grandes, delgados sus dedos largos y con barniz violeta se introdujeron en mi boca, deliciosos pies con olor a piel de pies de mujer. Cambió con una morena, de piel blanca, con pies regordetes y algo toscos, de dedos cortos pero suaves, con piel como de manteca y las uñas rojo sangre, suave perfume a pie recién lavado, y delicioso sabor saladito, a pie de mujer, sabía deliciosamente a pie de mujer.

Los maravillosos y delicados pies de Gina tomaron su lugar y se metieron entre mis labios para moverse contra mi ávida lengua que los recorrió a todos. Así todas pasaron por mi boca con sus pies. Preparados para mí por Gina como regalo maravilloso de cumpleaños. A pesar del movimentoy el intercambio, nunca dejó de haber cuatro pies contra mi verga, siempre sin moverse, pero manteniendo la erección.

Cuando hube probado todos los pies, con sus dueñas muy dispuestas, casi diría con afecto, a darme lo que más me gusta, los deditos de los pies de las profesionales, llegó el momento, la rubia pequeñita se ocupó de mis testículos, amasándolos suavemente, la morocha grandota acariciando entre mis muslos y pubis, junto a la de los pies regordetes del otro lado, Sandra, la más joven, una castaña de pies de deditos largos y con las uñas sin pintar, pero bellísimos como ninguna de las presentes tenía, sentada en una silla me aprisionó delicadamente la cabeza del miembro entre sus preciosos dedos, la flaca y alta se dedicó al tronco desde un lado, tomándolo entre los dedos mayor y el que le sigue. Otra rubita más alta se colocó en la misma posición del otro lado de mi verga, sentada sobre la cama, y la última, Gina, se dedicó a mi cara y a mi boca.

Todo era lento, suave y cadencioso, como la música, yo no daba más, hasta que el lento subir y bajar de los pies dedicados a mi verga, el trabajo de los deditos de Gina, la presión de la rubita en los testículos, las caricias en pubis y cara interna de mis muslos de las otras dos, y la presión de los deditos de Sandra en la cabeza de la verga, me llevaron al más suave, intenso y profundo de los orgasmos que alguna vez tuve, la leche saltaba a chorritos espasmódicos ayudando a lubricar los deditos que iban y venían. Las chicas, muy profesionales, continuaron con las caricias hasta que mi cuerpo se relajó y nada más salió, Se quedaron son sus pies apoyados en mi cuerpo, mirándome con ternura, gracia o sorna, esperando a que yo me relajara del todo.

¡¡¡¡Feliz cumpleaños!!!! dijeron a coro.

Cuando pude levantarme, Gina me besó en la mejilla, juntos limpiamos sus pies de mi leche pegajosa, y las chicas, descalzas, sentadas y con la piernas cruzadas fueron limpiadas por mí, con papel perfumado, de las huellas de mi orgasmo.

Pasamos a la sala a brindar, no me dejaron vestir ni se calzaron, y conmigo sentado en el suelo, rodeado de catorce hermosos pies, que se movían, me tocaban y se balanceaban en el aire brindamos por otro año más para mí.

Fue una velada muy linda, divertida y entretenida. Ya entrada la madrugada, las chicas, todas profesionales, se fueron, despidiéndome con una caricia de sus pies descalzos en mi verga, boca o cara antes de ponerse las sandalias.

Y llegó el agradecimiento personal de mí a Gina. Como nunca antes, la cogí profesionalmente sobre unos almohadones en la alfombra de la sala, ella con los ojos cerrados, como siempre, olvidada de mí y concentrada en su orgasmo, que fue violento y animal. Cuando recuperó el resuello, nos acostamos desnudos en el balcón y, con la luna como testigo, me cogió con sus magníficos e incomparables pies, sus dedos profesionales sabían qué parte de mi miembro tocar, cuánto y cómo. Al final fue un orgasmo suave, con poco semen, las chicas me habían ordeñado totalmente, pero lento, largo y muy profundo. Estábamos satisfechos. Nos dormimos en la alfombra.

 

 

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