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La Profesora Favorita

Harta de dar vueltas en la cama, me levanté con los primeros rayos de claridad. Tratando de ordenar mis ideas, me duché por un tiempo mucho más dilatado de lo habitual. Necesitaba relajarme, asimilar lo que había sucedido, intentar adivinar lo que pasaría a partir de ese momento.

No podía negarlo: Paula me gustaba. Pero había algo extraño en ello; en efecto, si alguien me hubiese preguntado, yo habría respondido con toda sinceridad que no me consideraba lesbiana, que ninguna otra mujer en el mundo podría producirme el mismo desasosiego que me causaba mi alumna. De algún modo, su espontaneidad y su belleza me habían embrujado, como si aquella encantadora chiquilla tuviese algún tipo de poder oculto al que yo no pudiese resistirme.

Ahora me daba cuenta de muchas cosas. Nunca, jamás me había excitado con Andrés como la noche anterior viendo a Paula gozar. Sin tocarme siquiera, la joven había logrado alterar mis pulsaciones de un modo que jamás habría imaginado posible. Además, notaba en mi cuerpo una alegría que me era desconocida. Más allá de la angustia y el temor que me causaba una situación tan extraña, notaba un estremecimiento sumamente agradable, mi vida había pasado repentinamente de ser aburrida y tediosa a tener un aliciente por el que interesarse.

¿Por cuánto tiempo? Mejor no insistir en esa pregunta, mejor tomar las cosas tal y como venían y tratar de disfrutarlas al máximo. Si intentaba ser adulta y responsable, sabía que lo mejor que podía hacer era pedir a Paula que se marchase aquella misma mañana, mi propio puesto de trabajo podía estar en peligro si la escena de la velada anterior llegaba a conocerse. Sin embargo, aquella era una opción que ni siquiera contemplaba: antes me habría dejado arrancar un brazo que despedirme de Paula por propia iniciativa. Al fin y al cabo, en todo lo que había pasado yo había sido una inocente y sorprendida espectadora.

Cuando salí de la ducha, me sequé y dejé la toalla a un lado, observando mi cuerpo en el espejo. Algunas pequeñas arrugas empezaban a estropear mi cuello según las posturas, y mi rostro, sin maquillaje y con las ojeras de no haber dormido, no presentaba el mejor aspecto. Mis pechos, en otro tiempo mi orgullo, aún podían considerarse monos, pero eran demasiado pequeños, nada que ver con las dos deliciosas protuberancias de Paula, que parecían hechas de algún material fuerte y flexible al tiempo.

Si me mantenía de pie, mi tripita era hasta graciosa, pero si me sentaba, dos michelines considerables afeaban mi figura. En cuanto a mi sexo, ¡qué peludo era! Seguro que a Paula le desagradaba, no tenía ni el más mínimo parecido con su pubis delicado y adorable. Me volví ante el espejo. Mi trasero era demasiado grande, aunque todavía no había caído y seguía resultando coqueto con mis vaqueros de convencer. En cuanto a mis piernas, mis muslos no eran tan redondos y llenos como los de Paula, pero tampoco eran los peores… ¡oh, qué desesperación!

¿A quién trataba de engañar? Ni hablar de desnudarse delante de Paula, las comparaciones son odiosas y, aunque comparada con las amigas de mi edad aún estaba de buen ver, al lado de una muchacha del calibre de mi alumna yo resultaba un adefesio. A punto de llorar, empecé a vestirme. De repente, una angustia terrible me invadió. ¿Por qué motivo me había planteado la posibilidad de que Paula me viera desnuda? ¿Para tomar el sol como dos buenas amigas? O…

Ni yo misma sabía qué deseaba. Por un lado, no me consideraba lesbiana, como ya he dicho. Por otro, Paula era mi alumna, una chiquilla que podría muy bien ser mi hija. Si de un hombre se dice que es un pervertido al intentar aprovechar una situación así, ¿el hecho de ser mujer me quitaba a mí alguna responsabilidad?

Pero, a mi pesar… sin saber lo que deseaba, sin plantearme siquiera la posibilidad de que hubiese algo físico entre nosotras… ¡qué delicia volver a ver Paula desnuda! y, ¡qué maravilloso sería si, al menos una vez más, la deliciosa mujercita me permitiese ser testigo de sus increíbles juegos solitarios!

Mientras me vestía, me reí de mí misma "no serás tan ilusa de pensar que Paula, aunque fuese lesbiana, podría tener el más mínimo interés en su vieja profesora de matemáticas". Porque Paula era una incógnita para mí. ¿Era tan inocente y espontánea como parecía? Siendo tan abierta como era, ¿habría tenido alguna relación lésbica? Ella decía que había que probarlo todo, y sus juegos con su amiga Marta… Yo había oído en el instituto de chicos que organizan competiciones para ver quién se corre primero al masturbarse, pero no tenía noticia de chicas que se acariciasen juntas, al menos que hubiera entre ellas algo más serio.

Mejor no pensar, no me sentía capaz de interpretar correctamente a mi amiga. Se imponía disfrutar al máximo de su compañía, durase lo que durase. Luego, ya habría tiempo de lamerse las heridas, al fin y al cabo, mejor eso que estar sola y aburrida leyendo hora tras hora.

Como todavía era muy temprano, decidí darle una sorpresa a mi invitada. Me puse un suéter rojo con un pantaloncito corto muy cómodo de color blanco y salí a comprar unos churros para el desayuno, no sin pintarme antes con todo el esmero posible. La verdad es que con aquella ropa me veía mona, informal y juvenil, y pensé que era un atuendo que me favorecía más que el bañador del día anterior. De repente, sentía la necesidad de parecerle lo más agradable posible a Paula, y aunque sabía que parecía una quinceañera dominada por absurdos complejos, me hice el firme propósito de conservar todo el día aquella ropa que tanto me favorecía.

Cuando salí de casa, Paula dormía todavía. Con un enorme esfuerzo de voluntad, conseguí resistir la tentación de asomarme a verla dormida. Sabía que llevaría sus braguitas por toda vestimenta, y durante todo el camino de ida y vuelta a por los churros, supliqué al dios de las profesoras abandonadas para que la hermosa chiquilla decidiese desayunar conmigo del mismo modo que el día anterior.

He debido ser muy virtuosa, porque mis plegarias fueron oídas y la realidad superó con creces mis mejores expectativas.

Cuando regresé, encontré a Paula en el jardín. Se había despertado con el ruido del camión de la basura (bendito camión) y había decidido levantarse temprano para aprovechar más el día. ¡Qué deliciosa maravilla para mí que la hermosa joven entendiera que desnudarse por completo y tostarse al sol fuese la mejor forma de aprovechar el día!

Porque Paula estaba echada sobre su toalla sin otro aditivo que los restos de bronceador no demasiado bien extendido sobre su cuerpo.

-¡Buenos días! –me saludó con su contagiosa alegría.

-Hola… ¿ya te has despertado? –no eran imaginaciones mías, Paula tenía un cuerpo sencillamente encantador, y disfrutar de su visión era una placer tan hondo que daba miedo pararse a pensarlo.

-Sí, he decidido salir a tostarme un poco, todavía no pica demasiado ¿te animas?

-No me gusta demasiado el sol, ya sabes.

Otra vez, me sentía ridícula, ¿porqué no desnudarme yo también alegremente y pasar un delicioso día junto a Paula? Pero algo dentro de mí me impedía soltarme. Además, un intenso temor al rechazo me invadía, si mi alumna me miraba con desagrado… no podría soportarlo.

-He traído churros, ¿tienes hambre?

-¡Churros! Me encantan, y sí, tengo un hambre de lobo.

Entonces tuve una idea feliz. Si nos metíamos dentro a desayunar, lo lógico era que la muchacha se pusiese al menos la braguita del bikini, pero si sacaba las cosas fuera, tal vez…

-¿Qué te parece si tomamos el desayuno aquí mismo, en la piscina?

-¡Genial! –respondió Paula con su voz alegre y cantarina.

-No te muevas, yo preparo el café y lo traigo todo.

Ebria de excitación, dejé el paquete de churros al cuidado de Paula y me metí en la cocina. Estaba tan alegre que tenía que hacer esfuerzos para no cantar. Yo misma me asustaba de mi estado alterado "tranquila, no te hagas ilusiones, esto no puede durar. Mañana o pasado Paula se aburrirá de estar aquí, echará de menos a sus amigos, se irá y todo esto no será más que un increíble recuerdo."

Sí, pero el hecho es que en mi jardín había una joven desnuda, una joven que, por un motivo que yo misma no podía comprender, conseguía poner patas arriba todo mi universo conocido.

Tan pronto como me fue posible, volví al jardín con una bandejita con dos vasos de leché, café instantáneo y azúcar. Como esperaba, Paula seguía sentada donde la había dejado, totalmente desnuda y mordisqueando uno de los churros que yo había traído.

-¡Serás…! Has empezaba sin mí –la reñí riendo.

-No he podido evitarlo, me encantan, y tengo mucha hambre.

-No sé dónde lo metes, la verdad –me encantaba tener una excusa para mirarla directamente.

-Eso me dice mi madre. Espero no empezar a echar culo demasiado pronto.

Paula se palmeó dos o tres veces el cachete de un modo que a mí me pareció propio de una princesa. Por un instante Andrés volvió a mi mente. ¿Prefería yo a los hombres o a las mujeres? Decidí que, sencillamente, prefería a Paula.

Fue el desayuno más alucinante de mi vida. Paula reía, y con ella se reían sus pechos temblorosos, se levantaba, me mostraba su sexo joven y bello, sus nalgas redondas y carnosas… yo procuraba no mirarla demasiado fijamente, pero me era difícil renunciar al placer de disfrutar de su desnuda presencia. La hubiera tenido eternamente así junto a mí. Recordé sorprendida que, sólo 24 horas antes, yo estaba escandalizada porque la joven desayunase en braguitas a mi lado. Ahora estaba encantada, absorta en su adoración ¿cómo había sido posible cambio tan repentino? Lo que ayer era incomodidad, hoy era simple y llanamente placer.

Lo que no había cambiado con respecto a la víspera era el apetito de Paula. A toda velocidad, la joven engulló el doble de churros que yo. Cuando sólo uno quedaba en la bolsa, Paula me lo ofreció riendo.

-Toma –me dijo- es el último, y yo he comido mucho.

-No importa, estás creciendo –dije cariñosa.

-La mitad para cada una.

Entonces, Paula acercó a mis labios el último churro. Yo di un mordisquito tímido, tratando de no mancharlo con mi saliva, temiendo que a mi amiga le molestase. Mi placer fue infinito cuando Paula, con una amplia sonrisa, engulló el resto del churro mientras me miraba. Para mí fue como sí, durante un segundo, nuestros labios hubiesen entrado en contacto.

Media hora después, la joven dormitaba a mi lado al sol, magnífica en su desnudez. El madrugón desacostumbrado, los rayos de sol cada vez más calientes y el copioso desayuno la habían dejado momentáneamente fuera de combate.

Al principio saqué mi libro, lo juro. Intenté por todos los medios concentrarme en la lectura, avanzar en aquellas páginas que otras veces tanto me habían acompañado. Pero la carne es débil, debo reconocerlo. Paula estaba dormida a mi lado, desnuda, y yo tenía una ocasión inmejorable para recorrerla con la vista.

Empecé por su rostro, sereno y radiante. Tenía unos pómulos muy marcados, con unos labios grandes y carnosos. Al contrario que yo, no se había maquillado, pero su juventud era el mejor maquillaje posible, nunca me había parecido tan bella. Seguí bajando por su cuello, esbelto y delicado, por sus hombros, redondos y ya tan morenos. Me detuve con placer en sus senos, tan hermosos. De buena gana los habría acariciado amorosamente con mis manos. Sin malas intenciones, no queriendo obtener un beneficio de ellos, sino con la ternura y el cariño de una buena amistad…

¿Amistad? ¿Era amistad lo que sentía yo por Paula? Cada vez me era más difícil pensar en ella como en mi desastrosa alumna. Ahora tenía delante una mujer, una mujer increíblemente hermosa que me ofrecía su cuerpo como el más radiante de los presentes.

Seguí descendiendo por su cuerpo, parándome un instante en su ombliguito encantador ¡qué delicia sería adentrarse en él con la punta de la lengua! Sufrí un repentino sobresalto. Entonces… ¿sería lesbiana? Jamás se me había ocurrido algo semejante viendo el peludo vientre de Andrés. No estaba en condiciones de dar una respuesta. Si pensaba en otra mujer que no fuese Paula, tampoco me imaginaba deseando algo similar ¿qué me había hecho aquella bruja envuelta en curvas embriagadoras?

Bajé un poquito más. Entre sus piernas levemente entreabiertas, su sexo se ofrecía a mi mirada delicadamente expuesto. Era a la vez tierno y rotundo, suave y dominador. Parecía el origen del mundo y el final de una etapa de mi vida. Lo veía tan cerca, tan hermoso, desnudo de toda protección y tan accesible…

Sentí que necesitaba tocar la vagina de Paula, al menos una vez. Pero, ¿cómo dar semejante paso? Mi alumna había resultado tremendamente desinhibida, le había apetecido tocarse, y lo había hecho delante de mí sin reparos, pidiéndome incluso que me quedase a su lado. ¿Qué pasaría si yo le pidiese permiso…? Pero no, jamás sería capaz de algo así ¡qué vergüenza si ella me rechazase, si se levantase indignada por mi propuesta! ¡ !Y qué dirían en el colegio! Sin embargo, yo sólo quería saber qué tacto tenía su sexo, darle tanto placer como ella misma se había proporcionado ante mis ojos.

-Ummmm, creo que me he dormido.

Di un respingo al oír la voz de Paula.

-¿Eh?, no sé, estaba leyendo, no me he fijado.

-Estás muy guapa hoy, con ese conjunto.

-¿Qué?

Un intenso nerviosismo subió por mi cuerpo. Si algo no esperaba yo era recibir un piropo de aquel ser encantador, que tenía tantos y tan bellos atributos a la vista y al lado del cual yo era algo así como un patito feo que jamás se transformaría en cisne.

-¿Por qué no te desnudas también? Estarías más cómoda.

¿Qué excusa poner? ¿cómo explicar mi miedo a ver en sus ojos rechazo? Con el pantaloncito y mi suéter estaba mona, pero no me engañaba, yo no podía lucir tan radiante como ella al natural. Además, mi pudor natural me impedía hacer algo que, de algún modo, estaba deseando ¡desnudarme delante de una alumna, aunque fuese la inclasificable Paula!

-El sol me hace daño –balbucí confusa- estoy un poco quemada, prefiero que la piel descanse hoy.

-¡Qué sosa eres! –Paula se encogió de hombros, fingiendo decepción.

Durante un rato hablamos de cosas banales, ella desnuda y yo con mi pantaloncito y mi camiseta. ¿Sería posible que el alucinante final de la noche anterior no hubiese dejado en ella ninguna huella? Yo espera que, si no avergonzada, sí al menos estuviese algo cohibida, que me pusiese la excusa del whisky… qué se yo. Pero Paula parecía haber olvidado lo que para mí había sido la experiencia más electrizante de mi vida.

Viendo su desparpajo, su manera de disfrutar de la vida en general y el sexo en particular, me sentí como si no hubiese vivido nada, como si hubiera tirado mi vida por la borda sin aprovecharla. Al fin, decidí ser yo la que tocase el tema, al fin y al cabo, estaba segura de no volver a vivir nunca algo tan intenso.

-Ayer… quiero decir, después de la peli…

-Ah sí, tuve un orgasmo genial –eso era coger el toro por los cuernos- uno de los mejores de mi vida. Gracias a ti.

-Ah… –por un lado estaba sorprendida y por otro sumamente halagada.

-Sí, ya te dije que me encanta que me miren ¿a ti no?

-¿A mí?

Paula se incorporó y se sentó a mi lado, doblando las rodillas y cruzando los brazos sobre ellas. En esa postura, sus partes íntimas quedaban ocultas y yo me sentía algo más suelta.

-Vamos, señorita Román –era la primera vez que Paula me llamaba así desde que habíamos empezado nuestra extraña aventura- no me sea tan moji… moji…

-Mojigata, deberías leer más, jovencita.

Paula se rió de un modo encantador.

-Vamos, somos amigas, me has visto tocarme, y eso sólo lo hago con gente muy especial –cada vez me sentía mejor a su lado- cuéntame qué te gusta a ti.

-¿Del sexo?

-Siiiií, del sexo. No me creo que seas tan sosa como pareces ¿nunca hablas de esto con amigas?

-Bueno, yo… la verdad es que no.

-Pues es muy sano, señorita Román, debería usted probarlo –las dos nos echamos a reír.

-De acuerdo, -dije envalentonada- ¿qué quieres saber?

-Pues… por ejemplo, ¿dónde ha sido el sitio más extraño donde lo has hecho?

-Su… supongo que en la cama, jaja, ¿acaso tú…?

-¿En la cama? Desde luego no tiene remedio "seño", jajaja.

-Y usted tiene demasiado vuelo para su edad, me parece a mí, jijiji.

-Ahora en serio –Paula me miró de un modo que hubiera despertado a un muerto- ¿qué es lo que más te gusta del sexo? Yo te conté ayer mi secreto… me gusta tocarme acompañada. Ahora te toca a ti.

Tuve que tragar saliva. Me sentía totalmente indefensa, desarmada. Paula era una mujer que vivía plenamente su sexualidad y yo… yo era una amputada, una calamidad en aquella materia. Podría haberla mentido, pero el influjo de aquella joven desnuda y expuesta en cuerpo y alma ante mí era tremendamente poderoso.

-Verás yo…

-¿Sí? Vamos, ¿te va lo sado, zoo, anal…? no te avergüences y cuéntaselo a mami.

-El problema es que… que yo nunca… que no sé… bueno, que nunca he tenido un orgasmo.

Los ojos de Paula se abrieron como platos y su boca dibujó la más sincera sorpresa.

-¿Qué? Pero… ¿cómo es posible? Quiero decir… en otra persona, pero tú… eres guapa, culta, ¿me tomas el pelo?

Yo estaba colorada como un tomate, pero ya no podía echarme atrás, si alguien podía ayudarme, ésa era Paula.

-No es que no sienta nada, pero… desde luego nada parecido a lo que tú sentiste anoche, si no me engaño.

-No, no te engañas, lo de anoche fue súper. Pero esto no puede ser, hay que solucionarlo.

Paula tomó mi mano entre las suyas y yo sentí la tibieza de su cuerpo de un modo embriagador.

-¿Qué crees que puedo hacer? – pregunté de un modo suplicante.

-Pues… no sé, déjame pensar…

Por unos segundos, la joven arrugó el entrecejo y me miró pensativa.

-¡Ya está, ya lo tengo!

Yo estaba totalmente desbordada, jamás habría creído posible hablar de mi problema así con una persona en cueros, ¡una alumna! Sin embargo, allí estaba, esperando nerviosa los consejos de aquella chiquilla que acababa de cumplir… mejor no pensarlo.

-Ayer me dijiste que nunca te habías masturbado ¿es eso cierto?

-Sí, claro…

-Pues eso no puede ser. Lo primero que tienes que hacer es conocer tu propio cuerpo, estar a gusto contigo misma.

-Supongo que suena bien…

-Y para eso lo primero es aprender a acariciarse. Yo lo hago desde muy pequeña, y me encanta. Te aseguro que no te arrepentirás.

-No sé… yo…

Realmente, nunca me había llamado la atención la masturbación. No por temor religioso o educación, simplemente, siempre me había parecido absurdo tocarme yo misma. Si no me excitaba demasiado hacer el amor con mi marido, menos aún podía obtener con la autosatisfacción.

-No admito réplicas –rió Paula- ahora soy yo la maestra. Lo primero que vas a hacer es desnudarte ahora mismo.

Supongo que mis nervios me impedían fijarme en que, con una frecuencia quizá excesiva, Paula me proponía que me quitase la ropa. De cualquier modo, yo no estaba preparada para dar ese paso.

-No, de verdad, no podría…

Paula me miró seria por un instante. Luego, pensando quizá que yo estaba demasiado alterada, decidió concederme una tregua.

-Está bien, está bien, vamos paso a paso. Vas a complicar las cosas mucho, pero si no quieres desnudarte…

-Estoy más cómoda vestida, de verdad.

-Bueno, no es problema. A veces, yo me toco con la ropa puesta, por debajo de las bragas, y también es sumamente excitante. Vamos, prueba.

Por unos instantes Paula se quedó mirándome, mientras yo permanecía inmóvil.

-¿Cómo?

-Que pruebes a acariciarte por dentro del pantalón, jiji, vamos, que yo te vea.

Jamás en mi vida hubiese pensado que era capaz de hacer algo así. Pero era tanta su amabilidad, decía las cosas de un modo tan natural y parecía que todo fuese tan sencillo a su lado… además, no quería decepcionarla y, qué diablos, ¿no quería yo acaso solucionar mi problema?

Tímidamente, introduje la mano por dentro de mi pantalón de verano. Afortunadamente, era bastante holgado y permitía aquella operación sin demasiados problemas. Por unos instantes, mis dedos juguetearon con los primeros rizos de mi vello púbico, vacilantes y casi asustados.

-Muy bien, lo haces muy bien –sonreía Paula.

Era una situación rocambolesca: ella, totalmente desnuda, sentada delante de mí que, vestida, intentaba "ponerme en situación". Durante unos minutos, seguí acariciando mi sexo, colorada como un tomate y alucinada de estar haciendo aquello delante de Paula.

-Nada, es imposible –saqué la mano exasperada- no siento nada…

-Vamos –suplicó Paula- no te rindas tan pronto. Mira, vamos a hacer una cosa, ¿qué te parece si nos tocamos las dos a la vez?

-¿Las dos a la vez? –de repente, un intenso nerviosismo recorrió mi cuerpo, ¿podría ver de nuevo a aquella enloquecedora criatura en acción?

-Sí, mira, -dijo ella despreocupadamente- tú haz lo mismo que yo. Sería mucho más sencillo sin ropa, pero si insistes en permanecer vestida…

-Er… creo que sí, tal vez otro día…

-De acuerdo, las cosas con calma. De momento, vamos a empezar con los senos. Cógetelos así, como yo…

Paula había empezado a acariciar sus pechos y yo, hipnotizada por sus movimientos, hacía lo mismo con los míos a través de la ligera tela de mi suéter.

-Hummm… ¡qué boba eres!, esto en un capricho de dioses, ¿no te parece fantástico tocarnos las dos a la vez?

-Es… -no pude añadir nada más.

Por unos minutos, Paula jugó con sus hermosos senos mientras yo notaba mis propios pezones sensiblemente hinchados a través de mi camiseta.

-Bueno, a través de la tela poco puedes hacer ahí. Anda, vamos a pasar a la fase siguiente –dijo mi profesora guiñándome el ojo.

-De acuerdo –contesté tratando de mantener la compostura en tan extraña situación.

-Mira, ponte cómoda y abre un poquito las piernas, así…

Era encantador ve a Paula poner todo su empeño en hacerme gozar. La joven se había sentado frente a mí y había abierto las piernas, ofreciendo de ese modo una inmejorable vista de su sexo abierto y depilado. Me pareció más bonita que nunca y no tuve más remedio que decírselo.

-Gracias –me pareció que Paula experimentaba un íntimo regocijo- pero no te despistes, haz lo mismo que yo ¿seguro que no estarías más cómoda si te desnudases?

-No… no insistas por favor –la idea de acariciarme ante Paula era extravagante, hacerlo desnuda me parecía algo horrible.

-Está bien, está bien. Bueno, vamos a empezar por masajear los alrededores, ¿ves?, así, en círculos… ummmm, qué sabroso, ¿no te parece?

Paula arrugaba los ojos al sol como un gatito que se estremece de placer. Por mi parte, intentaba imitar sus movimientos evitando las bragas, jamás me había toqueteado tanto por aquella zona.

-¿Qué tal… cómo te sientes? ¡Yo empiezo a sentir un calorcillo…! Jijiji.

-Bueno, es agradable –contesté absorta en mirar a Paula.

-Ahora, me voy a acariciar con la mano… así… haz tú lo mismo…

Paula pasaba la mano abierta por su entrepierna de un modo embriagador. Yo la imitaba, pero mi problema era que… hubiera deseado hacer lo mismo con su sexo, no con el mío.

-Ufff… no me digas que no es genial… ¿cómo vas?

Paula tenía otra vez ese delicioso color en las mejillas que yo ya tenía la suerte de conocer. Me sentí absurda por no poder gozar como ella, y temí decepcionarla.

-Bien, bien –contesté escuetamente.

-Ahora, chicas… ¡barra libre!, vamos hasta el fon….do, así –Paula penetró con sus dedos en su encantadora vagina- oooohhh, ¡qué maravilla!

Hacía tiempo que yo había interrumpido mis deberes, absorta en contemplar a la hermosa muchacha que me ofrecía otra vez un espectáculo grandioso. Paula se movía a saltitos sobre su propia mano, jadeando sin control y cada vez más abierta de piernas. Por un instante, temí que se fijase en mi abandono, pero pronto me di cuenta de que la joven no estaba ya en condiciones de prestarme atención.

-Aaaaay, no me digas que no es… las dos jun…tassss…

Paula lanzó una serie de grititos entrecortados y se corrió delante de mí mientras yo, excitada pero incapaz de disfrutar mi propio orgasmo, la observaba intentado no perder detalle de su éxtasis. Cuando al fin terminó, mi profesora me miró anhelante.

-¿Qué tal, te ha gustado?

-Oh sí, claro, ha sido magnífico –pero mi cara expresaba otra cosa.

Por un instante, una desoladora expresión de desencanto se adueñó del rostro de mi amiga.

-No te ha gustado… vaya, cuánto lo siento.

-No es culpa tuya.

-No te rindas, volveremos a intentarlo. Verás, se me ocurre…

En ese momento, sonó el teléfono en la cocina. Entre aliviada y apesadumbrada me levanté y corrí hacia el aparato. Necesitaba relajarme, olvidarme de mi frustrante situación. Si no era capaz de experimentar al menos un pequeño orgasmo viendo a Paula desnuda y tocándose a menos de un metro de distancia es que no había remedio para mí.

-¿Diga? –las lágrimas estaba a punto de escapárseme al descolgar el teléfono.

-Hola Tere, soy Alicia.

Alicia, mi única amiga. La única persona en el mundo que sabía lo que yo estaba pasando desde que Andrés se había marchado. Pero llamaba en el peor momento, seguro que, con toda su buena intención, quería pasar a verme aquella tarde. Y yo quería estar a solas con Paula, necesitaba que aquel no fuese el final de nuestra historia.

Intenté por todos los medios deshacerme de mi amiga, pero fue imposible. Confundiendo los verdaderos motivos de mi voz triste y apagada, Alicia insistió en venir a comer conmigo. Maldije interiormente mi suerte; en lugar de pasar la tarde con Paula en la piscina, tendría que soportar la charla de Alicia, intentando además que no llegase a sospechar las extrañas actividades a las que mi invitada y yo nos habíamos entregado.

-De acuerdo –dije resignada- te espero a las tres entonces.

Miré el reloj: las doce de la mañana. Tenía tres horas para estar con Paula. Aunque, después del reciente fracaso, ¿qué podíamos hacer? Intentando relajarme, me dirigí a la cocina para indagar qué podía ofrecer a mi amiga.

De repente, unas manos me abrazaron por detrás, y un cuerpo caliente y sedoso se acercó a mi espalda. Más sorprendida que asustada, intenté darme la vuelta.

-Chisssst, ¡quieta! –dijo Paula a mi oído en un susurro.

Yo estaba de cara al fregadero, con la joven se situada detrás de mí. Notaba sus pechos en mi espalda y su aliento en mi nuca. Apenas podía respirar, notaba el pulso en las sienes y el pecho a punto de estallarme.

-No se mueva, señorita Román. Es una orden.

Entonces, las manos de Paula me rodearon desde atrás y se introdujeron por debajo de mi blusa, deshaciéndose hábilmente de mi sujetador.

-Pe… pero…

-¡Silencio! –la voz de Paula era suave, cálida- trata de relajarte, por favor.

Cuando sus manos asieron mis pequeños pechos tuve que apoyarme hacia delante en el mueble de la cocina. Jamás había sentido tanto calor, tanta suavidad al rozar otra piel. Mis pezones reaccionaron de inmediato y todo mi ser sufrió una conmoción inesperada.

-¡Vaya, señorita Román! –susurró Paula- creo que todavía hay esperanzas para usted…

Jamás pensé que mis senos pudieran ser fuente de tan hondos placeres. Deseé que Paula estuviese acariciándomelos hasta el fin de los tiempos pero, a la vez, una parte de mí se asustaba, se resistía a abandonarse sin más al abismo.

-Pero… pero… ¿qué…? Alicia va a venir –protesté, aunque sabía que faltaba mucho todavía para eso.

Por toda respuesta, Paula dejó mis senos libres… para desabrochar el botón de mis pantalones cortos. Luego, bajando la cremallera, introdujo una de sus manitas por debajo de mis bragas.

-¡Uy, qué peludita es usted, señorita Román! –rió suavemente.

-Yo… yo…

-Tranquila, señorita Román, ya sé que es usted muy tímida…

Sin bajarme las bragas, Paula introdujo su mano derecha y cubrió mi sexo con su maravillosa piel. Creí que iba a desmayarme. Me apoyé con las manos en el fregadero de la cocina mientras, a mis espaldas, le hermosa joven se apretaba contra mí. Podía notar sus senos desnudos, su pubis depilado tan próximo que me transmitía su calor. Mientras, su mano me acariciaba dulcemente, jugando con mi sexo, buscando, explorando.

Cuando encontró mi clítoris, éste se hinchó como jamás antes lo había hecho. La respiración de Paula a mis espaldas era entrecortada, y yo… ¡yo estaba jadeando! Sin apenas haber sido consciente de cómo había sucedido, me encontraba alterada y nerviosa, feliz y… excitada, inmensamente excitada.

Incapaz de resistirme ya a lo que tanto tiempo llevaba anhelando, separé ligeramente mis piernas para permitir a mi maestra un más fácil acceso. Una parte de mi cerebro me decía que aquello debía haberme pasado con Andrés, no con Paula, y que de algún modo yo debía pagar por haber sucumbido a la tentación. Pero otra más intensa y fuerte se negaba a renunciar ahora, se volvía loca pensando en la chiquilla desnuda que a mis espaldas me transportaba al paraíso, y se dejaba llevar por sus sabias manos.

Porque Paula sabía perfectamente dónde, tocar, dónde hacer presión y cómo moverse dentro de mí. Yo sólo podía sentirla dentro, cada vez más dentro, y no hubiera sido capaz de decir cuántos dedos usaba la joven para complacerme. Sólo podía saber que, por primera vez en mi vida, me sentía llena, de un modo mágico y encantador.

Tras un tiempo eterno y maravilloso, las convulsiones me doblaron en dos, y el placer se extendió por cada centímetro de mi cuerpo mientras Paula forcejeaba en mi sexo sin desfallecer. Por primera vez en mi vida, mi sexo supo lo que es ser mujer, y lo encontró sencillamente delicioso. Con un grito que casi me asustó, experimenté un orgasmo lento, largo y sostenido que las sabias manos de mi invitada prolongaron hasta el infinito y, cuando el final llegó, quedé jadeante y medio desfallecida junto a ella.

-¿Qué me has hecho, qué me has hecho…?

-¿Lo ve, señorita Román? –la voz de Paula sonaba ronca, nerviosa- debería confiar más en mí.

De un modo automático, me desprendí de sus manos, me giré sobre mí misma y, dándome la media vuelta, me fundí en un cálido abrazo con mi benefactora.

-Gracias cariño… ha sido…

***

Durante unos segundos, permanecimos abrazadas en la cocina. No podía creer lo que acababa de vivir, aquella chiquilla me había convertido en una mujer de carne y hueso, una mujer capaz de gozar de su cuerpo de un modo que jamás habría creído posible.

Pero, cuando los ecos del orgasmo fueron quedando atrás, poco a poco fui tomando conciencia de lo sucedido ¡había permitido que una alumna me…! ¡dios mío, aquello podía costarme el puesto de trabajo, mi reputación! Debía estar loca para haber permitido que algo así sucediese.

Temblando de angustia, me deshice del abrazo de Paula, que se había quedado acurrucada junto a mí como un gatito mimoso. La joven me miró sorprendida mientras yo subía a mi habitación.

-Pero… ¿qué pasa? –preguntó mientras me alejaba.

-Esto no debería haber pasado –contesté mientras me alejaba sin valor para mirar a Paula a los ojos.

Una vez arriba, me encerré en el cuarto de baño, me desnudé y me metí en la ducha. Jamás había estado tan alterada. No sabía qué debía hacer a continuación. Había disfrutado muchísimo entre las manos de Paula pero, ahora, ¿qué se suponía que iba a pasar? ¿cómo debía tratar a mi invitada? La sola idea de volver a sentarme a su lado durante la comida me parecía un muro infranqueable. Tal vez para ella aquello no significase nada, y fuese capaz de charlar como si tal cosa, olvidando lo sucedido. Por mi parte, mi universo había dado un giro de 180 grados. Seguía considerando que no era lesbiana, pero no podía negar que una sola sesión con Paula me había proporcionado más placer que quince años de sexo rutinario con Andrés.

Ante todo, debía pensar en mi trabajo. Si en el instituto llegaba a saberse… podía considerarme despedida, y suerte tenía de que Paula fuese mayor de edad desde hacía unos meses ¿en qué estaba pensado? Tal vez lo mejor sería pedirle amablemente a mi invitada que volviese a casa de sus padres. Así, todo volvería a la normalidad… y yo conservaría el recuerdo de mi primer y único orgasmo como dios manda.

Algo más tranquila, entré en mi habitación y me puse la ropa más discreta que pude encontrar, camisa abrochada hasta el cuello y pantalones vaqueros viejos. Cuando volví abajo, Paula también se había vestido. Llevaba otra vez su ligero vestido veraniego y no pude evitar preguntarme si aquella vez se habría acordado de ponerse ropa interior.

La tensión podía cortarse con un cuchillo, apenas nos atrevíamos a mirarnos. Pero Paula no era capaz de estar mucho tiempo en silencio.

-¿Todo bien?

-Claro –respondí con tensión en la voz.

-Te ha gustado, ¿verdad? –Paula esbozó una tímida sonrisa.

-Sí… -no podía negar lo evidente- yo… te lo agradezco. Está claro que, en materia sexual, tú eres la profesora y yo la alumna. Pero, te suplico…

-¿Sí? –la cara de Paula reflejaba su expectación ante mis palabras.

-Me gustaría que nunca volviéramos a hablar de esto, y por supuesto que nadie en el colegio…

-No te preocupes –respondió la joven con una expresión desencantada y seria que jamás le había visto- nadie sabrá nunca nada. Tienes mi palabra.

Paula dio media vuelta y subió a su habitación. Yo me quedé en la cocina, sin saber cómo reaccionar. ¿Qué estaría pasando por la mente de aquella chiquilla? Pensé que mis palabras la habían molestado, pero tenía que entenderlo. Yo no era tan desinhibida como ella, seguro que para Paula lo que había pasado no significaba nada, pero para mí era una conmoción de proporciones gigantescas. Y no podía ser que una profesora tuviese ese tipo de relación con una alumna, por muy amigas que fuesen. A partir de ese momento, tenía que poner distancia entre nosotras, por muy doloroso que fuera.

Y, en efecto, dolía. Sólo el pensar en el cuerpo desnudo de Paula hacía que me temblasen las piernas. En aquel instante, sonó el timbre del jardín ¡ya eran las tres! Alicia me esperaba sonriente al otro lado de la puerta.

La comida fue un infierno. Paula esta callada, seria, y Alicia se llevó de ella una impresión sumamente desagradable. Por mi parte, no sabía cómo encarar la situación, me sentía culpable aunque no sabía exactamente de qué. No veía el momento de que Alicia se marchase y pudiese hablar con mi invitada con toda sinceridad, aunque, al mismo tiempo, me aterraban las consecuencias de aquella conversación.

Creyendo que me hacía un favor y confundiendo los motivos de nuestras caras largas, Alicia se quedó toda la tarde con nosotras, por lo que cambiamos unas maravillosas horas de sol y piscina por una tediosa y complicada conversación. Sólo de pensar en la tarde anterior, con Paula deliciosamente desnuda en mi jardín, me daban ganas de echar a Alicia de allí.

Al fin, mi amiga se despidió, deseándome ánimos para superar la marcha de Andrés "ya verás como en unos meses vuelves a ser la misma de siempre". Lo que no sabía Alicia es que yo ya nunca sería de nuevo la persona que ella creía conocer.

Apenas nos quedamos solas, preparé una cena ligera y nos sentamos a cenar. Lejos de la alegría de las dos primeras noches, las palabras ahora salían con cuentagotas. Yo miraba a Paula y la veía ceñuda, triste, y no acababa de entender qué le pasaba.

Después de fregar los platos, nos sentamos en el salón. Aquella noche no había película, y yo sabía que teníamos que hablar sobre lo sucedido por la tarde. Pero no sabía cómo empezar, porque ninguna de las posibles soluciones me satisfacía. Estaba claro que aquello no podía repetirse, pero la sola idea de decir adiós a Paula me hacía sentir un vacío en el pecho… que ni siquiera la marcha de Andrés me habría producido.

Al fin, armándome de valor, intenté encarar la situación de la mejor manera posible. Mientras Paula se recostaba en el sillón, me situé de pie frente a ella y, retorciéndome las manos como siempre que estoy angustiada, rompí el silencio.

-Escucha cariño, tenemos que hablar.

-¿De qué? –Paula jamás había sido tan cortante conmigo.

-Bueno… pues… de lo que ha pasado aquí esta tarde.

-Pensé que no querías volver a pensar en ello.

No podía soportar su tono serio y distante.

-Verás, yo… no me malinterpretes… ha sido muy… bonito, pero…

-¿Pero?

-Trata de entenderme. Quizá para ti no significa nada pero…

-¿Qué te hace pensar que para mí no significa nada?

Me quedé de piedra ante la expresión atormentada del bello rostro de Paula. De repente, mis piernas parecían negarse a sostenerme, y una extraña y agradable sensación de calor invadió mi pecho.

-Pensé que tú… bueno… que para ti simplemente… que sólo querías ayudarme.

-Por supuesto que quería ayudarte.

-Y lo has conseguido, créeme.

-Ay señorita Román –Paula había suavizado su tono- le falta tanto por aprender.

-Sí, bueno…

-¿Todavía no te has dado cuenta de por qué estoy aquí? ¿Crees que me interesan algo tus clases de matemáticas?

-Bueno, tus padres…

-Llevo años peleándome con mis padres, y no por eso me voy de casa. ¿Piensas que suelo pasearme desnuda con desconocidos? ¿Que me acaricio delante de adultos como si tal cosa?

-Pe… pero… -cada vez estaba más nerviosa. No me atrevía ni a imaginar que lo que Paula estaba diciendo pudiese significar…

-Sí, señorita Román, sí. Vine aquí a por usted, a seducirla a usted, a jugarme el todo por el todo.

-Creo que no te entiendo –dije torpemente mientras me sentaba en una silla frente a Paula.

-Desde el primer día que te vi me gustaste. Soy lesbiana Teresa, aunque a estas alturas ya deberías saberlo. No existe Carlos ni ningún otro chico, y ése es el motivo de las peleas con mis padres.

Yo estaba atónita, intentando digerir tantas novedades ¿yo le gustaba a Paula? ¿a una joven que tenía un cuerpo endiabladamente perfecto y seductor? ¿cómo podía ella fijarse en una… vieja como yo?

-Siempre tuve la sensación de que no eras feliz, y cuando oí lo de tu marido… supe que era el momento de jugarse el todo por el todo.

-Pe… pero… yo no soy lesbiana.

-¿No? Me parece que tienes demasiados prejuicios. Me decepcionas.

-No digo que no me… gustase lo de hoy, pero…

-Mírame a los ojos.

Durante unos instantes, ambas nos miramos en silencio.

-Dime con sinceridad que no te apetece hacer el amor conmigo, aquí y ahora.

Tuve que tragar saliva dos veces. Al contestar, tenía la sensación de que mi futuro podía depender de lo que iba a decir en ese momento. Podía ser cobarde y tomar la salida segura, o arriesgar por una vez en mi vida y hacer… lo que estaba deseando.

-Sí… -dije con un hilo de voz- quiero hacer contigo el amor… aquí y ahora.

En el rostro de Paula se dibujó una sonrisa de satisfacción.

-Muy bien –dijo- pero primero tienes que hacerte digna de mí.

-¿Cómo? – por un momento me asaltó la terrible sospecha de que la hermosa joven estuviese haciéndome objeto de una broma cruel.

-Yo me muero de ganas de hacerlo contigo –me tranquilizó- pero quiero que seas tú misma. No una melindrosa avergonzada de su cuerpo y con miedo a disfrutar plenamente.

-De acuerdo –dije.

-¿Harás todo lo que te pida?

-Sí –contesté con firmeza mientras notaba las piernas cada vez más temblonas.

-De acuerdo señorita Román –dijo Paula poniéndose cómoda en el sillón- para empezar, quiero que me haga usted un striptease.

-¿!Qué!?

-Que quiero verla desnuda, señorita Román. Yo llevo todo el fin de semana en cueros y usted aún no ha mostrado nada, no es justo.

-Yo… yo… -de repente me invadió un horrible miedo, el temor a defraudar a Paula- ¿no podemos subir a la habitación?

Hubiera dado cualquier cosa por subir con Paula a mi dormitorio, apagar la luz y refugiarme con ella entre las sábanas de mi solitaria cama de divorciada.

-Nada de eso –contestó Paula- quiero verte desnuda, me lo debes.

Temblando como una hoja mecida por el viento, me quité los zapatos. Paula me miraba sonriente, y su mirada me indicó que no había posibilidad de hacerla desistir de su empeño. La joven guardó silencio mientras yo me desabroché la camisa y, muda de terror, la tiré al suelo del salón. Afortunadamente, me había puesto uno de mis mejores sostenes, a juego con las braguitas y bastante más mono que los que uso habitualmente.

-Ummm, estupendo –sonrió Paula- ¿podrías ponerte de pie, por favor?

Obediente, me levanté y desabroché el botón del vaquero, lo cual me llevó un rato. Las manos no me respondían y tuve que forcejear unos segundos antes de conseguirlo. Luego, sintiéndome absurda, deslicé el pantalón hacia abajo y quedé en ropa interior ante Paula.

-¿Contenta? –pregunté suplicando que la joven se apiadase de mí- ¿podemos subir ya?.

-Nada de eso –contestó ella- esto acaba de empezar. ¿Recuerdas cuántas veces me regañabas en clase, acusándome de estar pensando en algún chico?

Era cierto, muchas veces, cuando yo explicaba algo, Paula tenía una expresión absorta, ausente y concentrada a la vez, y era obvio que no eran las matemáticas las que causaban su interés.

-Pues en esos momentos –continuó la joven- imaginaba que usted daba la clase desnuda, señorita Román. Ahora quiero que haga realidad mi fantasía. Por favor, señorita, ¿podría usted explicarme los logaritmos… desnuda?

No podía dar crédito a lo que oía, Paula… ¡me deseaba, fantaseaba conmigo! No sólo no parecía decepcionada por mi cuerpo cuarentón sino que, incluso, tenía sueños eróticos conmigo de protagonista. Aquello que infundió un valor que desconocía poseer y, súbitamente, perdí el miedo a mostrarme ante ella.

Con una soltura que me sorprendió a mí misma, me quité el sostén y lo arrojé lejos de mí, esperando con el alma en vilo su veredicto.

-Justo como imaginaba –la sonrisa de Paula me hizo sentir una agradable sensación de bienestar- pequeños pero firmes, monísimos… continué por favor, señorita Román.

Sintiéndome sexy por primera vez en mi vida, me puse de espaldas a Paula y me quité la braguitas lenta y voluptuosamente. Me encantó sentirme desnuda delante de ella, saber que yo le gustaba, que mi cuerpo la producía una sensación al menos parecida a la que a mí me provocaba el suyo.

-Guau, señorita Román, tiene usted un culo de lo más resultón.

La voz de Paula sonaba tan sincera que me sentí hermosa, olvidando mis imperfecciones y viéndome como realmente era: una mujer madura pero todavía de buen ver. Me parecía imposible ser yo la que empezó a balancear las caderas de un lado a otro, dejando que Paula tuviese tiempo para apreciar las redondeces de mi trasero.

-Uff, genial, genial. Y ahora… ¿podría usted girarse, señorita?

Paula me parecía nerviosa, excitada, y yo casi no podía creerlo. Sentí algo muy parecido a la felicidad al volverme y, finalmente, mostrarme completamente desnuda ante ella.

-Sencillamente preciosa, señorita Román. Me encanta su mata de vello, es muy hermoso.

Jamás me había sentido tan sexy, tan bonita, y deseé que el tiempo que pasaba desnuda delante de Paula fuese eterno, infinito. Un íntimo estremecimiento me recorrió al sentirme deseada por ella y, por primera vez, mostrarme en cueros fue para mí motivo de infinito goce y satisfacción, no de nerviosismo o inseguridad.

-Oh, señorita Román ¡he imaginado tantas veces esto que apenas puedo creerlo!

Paula parecía tan nerviosa como yo, y apenas podía creerlo ¿sería posible que aquello fuese real? Que aquella hermosa chiquilla estuviese prendada de mí en secreto me parecía el más encantador de lo regalos que la vida podía hacerme. En lo más profundo de mi ser, agradecí a Andrés el haberme abandonado y haber hecho así posible que Paula llegase a mí.

-Y ahora, señorita Román –dijo Paula con una sonrisa maliciosa- ¿podría usted regañarme como cuando estábamos en clase?

Entonces, notando que mi sexo empezaba a humedecerse de un modo delicioso, escenifiqué para mi desastrosa alumna mi mejor representación.

-Señorita Moreno, bien haría usted en prestar más atención a mis palabras…

-Disculpe señorita Román, pero es que estaba… ¡mirándole a usted el chichi!

Las dos rompimos a reír, alegres y felices. Paula se levantó y ambas nos abrazamos como por la mañana en la cocina, sólo que en esta ocasión yo era la que estaba desnuda mientras ella permanecía completamente vestida. Por unos instantes nos estuvimos mirando a los ojos con una ternura que yo desconocía. Al fin, rompí el silencio.

-¿Podemos subir ya arriba?

-Ni pensarlo señorita Román, sigue teniendo usted muchas asignaturas pendientes. Eso de no haber hecho el amor nada más que en la cama tiene que terminarse.

Cogiéndome de la mano, Paula me llevó fuera, al jardín. Hacía una noche preciosa, las estrellas brillaban en lo alto y una agradable brisa acariciaba mi cuerpo desnudo. Paula extendió una toalla en el suelo y me pidió que me tumbase en ella.

-Ahora, señorita Román, prepárese usted a recibir el tratamiento de la profesora Paula Moreno. Simplemente, relájese y disfrute.

Tumbada en la toalla, me abandoné a las sabias caricias de Paula, sabiendo que estaba en buenas manos. Su boca cariñosa buscó ansiosa mi boca, su cálida lengua recorrió cada uno de mis dientes hasta hacerse un nudo alrededor de mi lengua anhelante. Fue el beso más maravilloso que jamás había recibido ¿dónde habían estado aquellos labios hasta ese día?

Sólo puedo decir dónde estuvieron después. Paula abandonó mi boca y fue descendiendo por mi cuello, besó mis hombros y se dirigió hacia mis pezones suplicantes, que doblaron su tamaño de un modo inmediato bajo sus hábiles atenciones. Ni en mil años hubiera soñado que tal estado de embriaguez fuera posible pero, cuando aquella terrible niña abrió mis piernas y empezó a mordisquear la cara interna de mis muslos, creí entrar en el séptimo cielo.

El placer crecía de un modo mágico e irrefrenable, sólo aquello me parecía infinitamente más satisfactorio que cualquiera de mis anteriores encuentros sexuales. No podía sin embargo imaginar qué me esperaba todavía.

Al sentir el primer lengüetazo en mi palpitante vagina, pensé que el cielo se había desplomado sobre mí. Tuve que agarrarme al césped del jardín y concentrarme para creer que aquel paraíso era real, tangible.

La lengua de Paula se movía alrededor de mi sexo produciendo en mí espasmos desconocidos hasta ese momento. Era enloquecedor sentirla moverse por ahí debajo y, cuando pensé que ya era imposible sentir más placer, Paula encontró mi clítoris, lo aspiró, lo paladeó a su antojo, y yo creí que me moría de felicidad. Luego, su lengua incansable se aventuró dentro de mí, mientras yo acariciaba su suave pelo y pensaba que amaba a aquel ser maravilloso.

No sé cuanto tiempo estuvo Paula llevándome al cielo, pero hubiera dado gustosa diez años de mi vida por repetir aquello al menos una vez antes de morir. Invencible, su lengua se adentraba cada vez más, girando, empujando, acariciando unas veces con dulzura, otras con frenesí, mientras sus labios se acoplaban a los míos de un modo perfecto, succionándome y provocando en mí violentas convulsiones de placer.

Si aquella mañana había creído alcanzar la cumbre del éxtasis, los labios de Paula me demostraron que eso había sido una simple toma de contacto. Asida a su pelo como un náufrago a una tabla, me corrí entre sus labios con un gemido eterno que me dejó exhausta y feliz.

-¡Dios mío, dios mío…! –exclamé jadeando- pero…

-¿Te ha gustado?

Paula me miraba sonriente, y el gesto de quitar de sus labios un pelito de mi vello púbico me produjo una oleada de ternura incontenible. Sin contestar, con una pasión desenfrenada, me lancé sobre ella, empezando a desnudarla con frenesí.

-Tranquila, señorita Román –rió Paula- me va a romper la ropa, jaja, yo la ayudo…

Estaba tan nerviosa que comprendí que era mejor dejarla a ella con la tarea de desprenderse de su ropa. No tuve que esperar demasiado y, por primera vez, las dos nos encontramos frente a frente, desnudas como dos… amantes. Sí, la palabra ya no me daba miedo, Paula y yo éramos amantes, y me sentía orgullosa de ello. Ya no me importaba lo que pensase la gente, mis compañeros de trabajo, mis amigos… sólo quería ser feliz, y sabía que eso sólo podía lograrlo junto a Paula. Seguía sin saber si era lesbiana o no pero, ¿qué importancia tenía eso? Yo era paulonómana, y eso era todo lo que necesitaba saber.

Tomando por primera vez la iniciativa, obligué a Paula a tumbarse donde antes había estado yo.

-Ahora me toca a mí –le dije con una mirada ardiente- es la primera vez que lo hago. No sé si sabré hacerlo.

-Ay, señorita Román, he soñado tanto con esto…

Ansiosa, sin saber por dónde empezar ante tantas maravillas a mi alcance, succioné los pezones de Paula con un placer infinito. Eran duros pero suaves, tan grandes que apenas me cabían en la boca, pero mi lengua se demoró en ellos notando que provocaban un gran placer a mi amada.

Luego, me dirigí a su ombligo, que esa misma mañana me había parecido un paraíso prohibido, y constaté lo que imaginaba: era un lugar delicioso, encantador.

Iba más deprisa que ella, pero no podía evitarlo, estaba deseosa de besar su sexo, de hacerlo mío, de regodearme con sus fluidos fantásticos. Apenas podía contener mi propia excitación. Me supo a gloria aquel primer beso a su entrepierna, y ni por un instante recordé cuántas veces Andrés había intentado en vano ser el protagonista de algo similar.

Su vagina se abría ante mí como una flor, yo sabía que no era tan sabia como mi maestra, mis lengüetazos eran torpes, nerviosos, pero no por ello menos efectivos. Al igual que había hecho yo, Paula asía mi pelo, acariciándome en círculos.

-Ooooohh, señorita… un poquito… más… por favor…

Con la pasión de la primera vez, me adentré tanto como pude en aquella caverna deliciosa, aspirando con avidez el maná que mi amante me proporcionaba. Sintiendo sus convulsiones y el placer que le proporcionaba, yo misma noté… que mi sexo se humedecía de nuevo, deseoso de volver a experimentar aquella increíble sensación.

Entonces, sin perder el ritmo de mis besos, casi sin poder respirar entre las piernas de Paula, bajé mi mano derecha, que encontró rápidamente su lugar. Con incredulidad introduje dos deditos en mi propio sexo y… ¡la mujer frígida, incapaz de experimentar un orgasmo, descubrió que era capaz de gozar de nuevo al lado de su maravillosa compañera!

Mientras me hundía en el sexo de Paula, ajena ya casi a sus jadeos de placer, me masturbé de un modo enloquecido y enloquecedor. No sé si nos corrimos las dos a la vez, pero sí sé que lo hicimos juntas, que fue maravilloso e irrepetible, y que si alguien me hubiera exigido despedirme de mi amiga, habría desatado en mí una furia irreprimible.

Al fin, las dos yacimos juntas y agotadas junto a la piscina. Ninguna de las dos dijo nada, simplemente nos abrazamos y permanecimos así mucho, mucho tiempo. Cuando el fresco de la noche de la sierra empezó a ser excesivo, subimos tomadas de la mano a la habitación y nos acostamos juntas. Aquella noche hicimos el amor muchas veces.

***

Contra todo pronóstico, Paula y yo vivimos juntas durante casi diez años. Fueron los más maravillosos de mi vida, y creo que ella también diría lo mismo. No pasó nada en mi instituto, no perdí mi puesto de trabajo y, aunque sé que algunos murmuraban, no me importó en absoluto, porque era feliz y estaba orgullosa de mi compañera.

Finalmente, Paula consiguió acabar sus estudios, aunque mis buenos esfuerzos me costó (y muchas clases particulares ligerita de ropa).

Como era inevitable, nuestro idilio tenía que terminar algún día. Yo era casi 30 años mayor, y un día me levanté siendo una viejecita… mientras Paula continuaba siendo casi una niña. Pero no sufráis por mí, yo sabía que eso pasaría tarde o temprano, y mi chiquilla fue siempre sincera y honesta.

Simplemente, un día nos despedimos, lloramos, y ella se fue. Pero no me quedé hundida. Al contrario, Paula me había enseñado a ser mujer, y cuando la recuerdo sólo puedo hacerlo con amor y agradecimiento.

Hoy vivo sola, pero ya no estoy sola. Ahora sé que estoy viva, que he sido feliz y que, tal vez, pueda volver a serlo.

Lo que sigo sin saber es si soy lesbiana o no. Pero eso, ¿a quién le importa?

 

 

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