Aprovechandome de una embarazada desesperada

Martín subió las escaleras de su edificio con la rutina pegada a los hombros. El día había sido largo y su única meta en ese momento era entrar a su departamento, quitarse los zapatos y dejarse caer en el sillón. Pero al doblar en el descanso del tercer piso, se encontró con una escena que lo detuvo en seco. Sentada en los escalones, con los brazos rodeando su vientre abultado y el rostro oculto entre las manos, estaba su vecina del segundo piso. Sollozaba en silencio, con los hombros temblando levemente. —¿Estás bien? —preguntó Martín, quitándose la mochila. Ella levantó la vista y se apresuró a secarse las lágrimas con la manga del suéter. Lo conocía de vista, se habían cruzado varias veces en el pasillo, en el ascensor cuando este funcionaba, pero nunca habían pasado de los saludos cordiales. —Perdón… No quise preocupar a nadie —dijo con la voz rasposa. —No tienes que disculparte —respondió él, bajando un escalón hasta quedar a su altura—. ¿Te pasó algo? Ella soltó una risa amarga y...